El compliance como coste: una narrativa que ya no funciona

Durante décadas, el compliance fue tratado en la mayoría de las organizaciones como lo que en inglés se llama un necessary evil: un coste inevitable, una exigencia regulatoria que había que satisfacer con el mínimo presupuesto posible y la menor visibilidad interna que fuera razonable. El departamento de cumplimiento era el que decía que no. El que frenaba proyectos. El que añadía capas de burocracia a procesos que la línea de negocio quería hacer de forma más ágil.

Esa narrativa sigue siendo dominante en muchas organizaciones. Pero es una narrativa que ha dejado de ser sostenible, no por razones morales —aunque las hay— sino por razones de mercado. Las organizaciones que todavía gestionan el cumplimiento como un coste a minimizar están tomando decisiones con una información incompleta sobre lo que el cumplimiento realmente vale.

Lo que hemos aprendido trabajando con organizaciones de distintos sectores y geografías es que el compliance bien diseñado y genuinamente integrado en la cultura organizacional genera valor concreto y medible. No de forma abstracta. No como argumento en una presentación al consejo. De forma tangible, en la cuenta de resultados, en el acceso a capital y en la capacidad de atraer y retener talento de calidad.

Los tres mercados donde el compliance genera valor real

El mercado de capital: inversores que ya no son neutrales al riesgo ESG

La transformación más visible se está produciendo en el mercado de capitales. Los grandes gestores de activos —BlackRock, Vanguard, State Street, los principales fondos soberanos europeos— han incorporado criterios de gobernanza y compliance como filtros no opcionales en sus decisiones de inversión. Esto no es filantropía corporativa: es gestión de riesgo. Los inversores institucionales han aprendido, a base de escándalos costosísimos, que las empresas con marcos de compliance débiles o cosméticos generan riesgo de cola que los modelos de valoración tradicionales no capturan bien.

Una empresa que puede demostrar —no solo afirmar— que tiene un programa de cumplimiento robusto, con políticas reales, formación efectiva, canales de denuncia que funcionan y una cultura ética genuina, tiene acceso a un universo de capital más amplio y, en muchos casos, a condiciones de financiación más favorables. El coste de la deuda de las empresas mejor gobernadas es estadísticamente inferior al de sus comparables con marcos de gobernanza más débiles. Eso no es una hipótesis: es un dato que los mercados de bonos llevan años registrando.

Un análisis de más de 2.000 empresas europeas entre 2018 y 2024 muestra que aquellas con los niveles más altos de puntuación en gobernanza corporativa presentaron un coste de capital medio un 1,2% inferior al del cuartil más bajo. En una emisión de 500 millones de euros, eso es 6 millones anuales de diferencia.

MSCI ESG Research — European Governance Premium Report, 2024

El mercado de contratos: la selección de proveedores como palanca

El segundo mercado donde el compliance genera valor directo es el de contratos comerciales. Las empresas multinacionales, las administraciones públicas y los organismos internacionales han endurecido significativamente sus requisitos de cumplimiento para proveedores y socios comerciales. No es raro que un contrato de suministro relevante incluya hoy cláusulas que exigen al proveedor acreditar la existencia de un programa de prevención de blanqueo de capitales, un código ético, un canal de denuncias, y formación documentada en materia de corrupción y soborno.

Para las empresas que tienen esos programas implementados de forma real y documentada, estos requisitos son un trámite. Para las que no los tienen, o que los tienen solo sobre el papel, son un obstáculo que puede costarles el contrato. El compliance se convierte así en una condición de acceso a mercados que valen decenas de millones.

El mercado de talento: los mejores profesionales eligen con la ética

El tercer vector es menos obvio pero igual de real. El mercado de talento cualificado ha cambiado. Los profesionales de alta formación —juristas, financieros, ingenieros, directivos— tienen cada vez más en cuenta la reputación ética de las organizaciones a las que se incorporan. No es solo una cuestión de valores personales, aunque eso también importa. Es una cuestión de gestión de riesgo profesional: nadie quiere incorporarse a una organización que puede acabar en un escándalo de corrupción, lavado de dinero o manipulación contable.

Las organizaciones con culturas de integridad reconocidas atraen perfiles que tienen opciones. Y los perfiles que tienen opciones son, con frecuencia, los más valiosos. La rotación de talento en organizaciones con culturas éticas consolidadas es estadísticamente menor, y el coste de esa rotación reducida —en selección, formación y productividad perdida— es perfectamente cuantificable.

Por qué los programas cosméticos no generan ese valor

Hay una diferencia fundamental entre tener un programa de cumplimiento y tener un programa de cumplimiento que funciona. Y esa diferencia es exactamente la que separa a las organizaciones que aprovechan el compliance como ventaja competitiva de las que lo padecen como coste.

Los programas cosméticos tienen un patrón reconocible. Cuentan con un código ético que nadie ha leído, una política antisoborno que se actualiza cada vez que toca la auditoría, un canal de denuncias al que nadie recurre porque nadie confía en su independencia, y una formación anual obligatoria que se completa pinchando en una pantalla durante veinte minutos sin que nadie recuerde nada al día siguiente. Tienen todos los elementos de un programa de compliance, pero carecen del único elemento que hace que esos programas funcionen: la cultura.

Y los inversores, los auditores, los reguladores y los socios comerciales sofisticados lo detectan. No siempre de forma inmediata, pero sí cuando hay presión: cuando ocurre un incidente, cuando llega una due diligence seria, cuando el regulador hace preguntas reales. Ahí es cuando la diferencia entre el papel y la realidad se hace visible.

Cómo se construye una cultura de cumplimiento real

La cultura de cumplimiento no se decreta. No se instala con un proveedor externo en seis semanas. No se compra. Se construye, y su construcción requiere tiempo, consistencia y, sobre todo, que la alta dirección se tome en serio algo que en muchas organizaciones sigue siendo, en la práctica, una responsabilidad delegada a perfiles intermedios sin autoridad real.

El tono desde la cima: la única variable que no puede delegarse

Todos los estudios empíricos sobre cultura organizacional llegan a la misma conclusión: lo que marca la diferencia entre una cultura ética y una cultura de riesgo no son las políticas escritas ni los programas de formación. Es el comportamiento visible de la alta dirección. Cuando un CEO toma una decisión difícil que implica renunciar a un negocio por razones de integridad, ese mensaje llega a toda la organización con más fuerza que cualquier comunicado de valores corporativos. Cuando un director general mira para otro lado ante una irregularidad porque el resultado económico es conveniente, el mensaje que recibe la organización es igualmente nítido.

El tono desde la cima no es lo que la dirección dice en las presentaciones internas. Es lo que hace cuando nadie le mira. Y en las organizaciones, siempre hay alguien mirando.

Sistemas de denuncia que la gente realmente usa

El canal de denuncias es el indicador más revelador del estado real de la cultura de cumplimiento de una organización. No su existencia —eso es trivial— sino su uso. Un canal de denuncias que nadie utiliza no indica que no hay irregularidades: indica que los empleados no confían en el sistema para reportarlas. Las razones son siempre las mismas: miedo a represalias, percepción de que las denuncias no producen consecuencias, desconfianza en la independencia de quien gestiona los reportes.

Un canal de denuncias eficaz requiere independencia real en su gestión, garantías creíbles de confidencialidad, tiempos de respuesta razonables y —esto es crítico— evidencia visible de que las denuncias producen consecuencias. Cuando los empleados ven que una denuncia lleva a una investigación real y, si procede, a una sanción proporcional, el canal empieza a funcionar. Antes de eso, es principalmente un elemento de decoración del programa.

Formación que cambia comportamientos, no que rellena registros

La formación en compliance tiene un problema estructural en la mayoría de las organizaciones: se diseña para acreditar que se ha impartido, no para producir cambios reales en el comportamiento. El resultado es formación que nadie recuerda, que no conecta con situaciones reales del trabajo diario y que no genera las herramientas para tomar mejores decisiones cuando llega el momento de tomarlas.

La formación efectiva en compliance es específica al sector, al rol y a los dilemas concretos que ese rol enfrenta. No habla de corrupción en abstracto: habla del regalo que un proveedor te ofrece antes de cerrar un contrato, o de la presión que recibes para acelerar un proceso de due diligence que no ha terminado. La diferencia entre formación que cambia comportamientos y formación que rellena registros es la diferencia entre invertir en compliance y simular que se invierte.

Las organizaciones donde los empleados perciben que la dirección se comporta éticamente tienen tasas de detección interna de irregularidades tres veces superiores a las de organizaciones donde esa percepción es baja. Detectar internamente es siempre menos costoso que que lo detecte el regulador.

Ethics & Compliance Initiative — Global Business Ethics Survey, 2024

El cumplimiento como decisión estratégica

El compliance seguirá siendo un coste mientras se gestione como un coste. La pregunta no es si la organización puede permitirse invertir en un programa de cumplimiento robusto. La pregunta es si puede permitirse no hacerlo, cuando los mercados de capital, los contratos relevantes y el talento más valioso están empezando a discriminar con precisión entre organizaciones que tienen una cultura ética real y organizaciones que tienen la apariencia de tenerla.

Las empresas que han hecho ese tránsito —del cumplimiento como obligación al cumplimiento como parte de su identidad competitiva— no han llegado hasta ahí por convicción filosófica. Han llegado porque los números lo justificaban. Y en el entorno regulatorio y de mercado que estamos construyendo en Europa, esos números son cada vez más difíciles de ignorar.

Adrián Merah Núñez

Abogado especializado en Compliance Internacional, Prevención del Blanqueo de Capitales y Riesgos IA

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